La historia: una vocación que nace entre la granja y el obrador

Mi historia personal y profesional está marcada por un lugar muy concreto: una casa de pueblo que, más que un hogar, era una pequeña industria alimentaria en sí misma.

Desde niño me crié en una casa que tenía tres plantas y una azotea. La planta baja era la cocina del día a día. En la primera planta convivían una carnicería familiar, un obrador, una oficina, una habitación frigorífica, el salón y algunos dormitorios. También había un patio donde, durante años, se realizaban matanzas de animales de granja. En la segunda planta, lo que otros llamarían azotea, era en realidad una pequeña granja.

Vivíamos allí mis padres, mis dos hermanos y yo. Compartíamos el espacio del trabajo, el descanso, los estudios… y el ruido de las máquinas, el olor de la carne recién cortada y el calor del agua hirviendo que se usaba cada mañana para desplumar gallinas y pelar conejos.

Una infancia marcada por la producción de alimentos

Recuerdo perfectamente esas mañanas antes de ir al colegio. Para llegar a la cocina a desayunar, tenía que cruzar el patio en plena faena de matanza. A esa hora, los adultos ya estaban trabajando. Y cuando digo matanza, me refiero a algo literal: gallinas, conejos, pollos…

En los meses de más trabajo, incluso yo, con apenas 10 o 12 años, echaba una mano: ayudando a envolver albóndigas, aplastando hamburguesas, limpiando el obrador. Era lo natural en mi entorno.

En esa casa se producía, conservaba y vendía carne. Mi familia suministraba productos cárnicos a hoteles, restaurantes, cafeterías y comedores escolares de un pueblo que empezaba a crecer turísticamente. También hacíamos elaborados como hamburguesas, pinchitos y albóndigas. Todo se elaboraba en el obrador de la primera planta, al lado de la cocina donde comíamos. No era solo nuestro hogar, era también nuestro medio de vida.

Una forma de trabajar muy distinta a la actual

Hoy, al mirar atrás, veo con claridad que muchas de aquellas prácticas, aunque eran normales en la época, no cumplían con los estándares higiénicos y sanitarios actuales.

Tener una pequeña granja o hacer matanzas en casa está hoy totalmente prohibido por razones obvias de salud pública. En aquel momento se hacía lo que se podía con los medios disponibles, y mi familia, como tantas otras, actuaba con buena fe, esfuerzo y experiencia.

Pero también es verdad que esa vivencia temprana me sirvió para desarrollar un ojo crítico, para entender por qué hoy son tan importantes la trazabilidad, los registros sanitarios, los controles oficiales y el cumplimiento estricto de la normativa alimentaria.

El valor del esfuerzo y la higiene alimentaria, aprendido en casa

Mi madre y mi padre siempre fueron personas trabajadoras, exigentes y organizadas. La forma en que gestionaban cada parte del proceso —desde la matanza hasta la venta— nos dejó a mis hermanos y a mí una forma de entender el trabajo basada en el esfuerzo, la puntualidad, la limpieza y el respeto por el alimento.

En aquella carnicería, aprendí sin saberlo los fundamentos de lo que hoy llamamos seguridad alimentaria: controlar temperaturas, evitar contaminaciones cruzadas, conservar bien los alimentos, actuar con responsabilidad y cuidado.

Por eso, cuando me llegó el momento de decidir qué estudiar, no lo dudé: veterinaria. Porque me apasionaba la producción animal, pero también porque conocía de primera mano lo que significaba ofrecer alimentos seguros y de calidad.

De la casa familiar a la formación profesional

Hoy, con todo ese bagaje a mis espaldas, me dedico a lo que más me gusta: formar a personas que manipulan alimentos, para que trabajen con el mismo compromiso que aprendí en casa, pero también con el conocimiento técnico y legal que exige la normativa actual.

Desde mi empresa, pongo en valor cada una de esas vivencias, pero también todo lo que he aprendido como veterinario y especialista en higiene alimentaria. Porque detrás de un simple certificado, hay algo mucho más importante: garantizar que lo que comemos sea seguro.

Esa es la esencia de este proyecto. Y esa es también la historia que me acompaña cada día.